En la colonia Candiles, la calle Juan B. Alcocer amaneció distinta. Tras meses de maquinaria, polvo y desvíos improvisados, vuelve a ser un camino abierto, renovado, listo para los pasos y las ruedas que la recorren todos los días. El municipio de Corregidora entregó su urbanización completa, un proyecto que, poco a poco, fue revelando la dimensión real de lo que necesitaba: no solo un nuevo empedrado, sino una reconstrucción profunda de lo que hay debajo.
La obra, encabezada por la Secretaría de Obras Públicas en representación de Chepe Guerrero, inició con una inversión superior a tres millones de pesos. Pero conforme avanzó la intervención, aparecieron nuevas exigencias, esas que solo se descubren cuando se abre la tierra. La inversión final rozó los cuatro millones, y el proceso se extendió casi seis meses, hasta que el concreto tuvo el tiempo suficiente para fraguar antes de permitir nuevamente la circulación.
Bajo la superficie quedó instalada una nueva red de agua potable y un drenaje sanitario renovado. Las tomas domiciliarias —cincuenta en total— fueron reemplazadas, como si cada vivienda recuperara un hilo de conexión más seguro con los servicios básicos. Y sobre esa base se reconstruyó el empedrado: el antiguo, empacado en tepetate, dio paso a uno asentado en mortero, con parte de la piedra rescatada y reincorporada, como si la calle conservara un fragmento de su memoria.
Durante el proceso, la presencia constante del Comité de Obra marcó el ritmo de la comunicación entre el vecindario y las autoridades. María Elena Albarrán Pascual, su presidenta, fue puente y voz. Su mensaje en la entrega final reflejó años de insistencia y una satisfacción contenida: la calle era una petición antigua y hoy, por fin, está ahí, renovada, con otra apariencia y otro significado.
La entrega de la obra no fue solo un acto administrativo. Para quienes viven ahí, la Juan B. Alcocer es trayectoria cotidiana: camino a la escuela, acceso a casa, ruta de paso obligado. Los trabajos devolvieron funcionalidad, pero también mostraron cómo una calle puede ser el punto en el que se cruzan la vida comunitaria, la paciencia colectiva y la voluntad institucional de intervenir lo que estaba pendiente.
Ahora, abierta al tránsito, la vialidad vuelve a conectarlos. Y en esa conexión se reconoce el valor de una obra que, más que nueva, parece haber recuperado su capacidad de sostener la vida diaria de Candiles.


