En La Ceja, una comunidad que crece entre canchas, parcelas y rutinas compartidas, las calles eran hasta hace poco un recordatorio de la espera: terracería que se volvía polvo en temporada seca y lodo en cada lluvia. Por eso, cuando las máquinas finalmente llegaron, no solo iniciaron una obra pública, sino una transformación cotidiana que los habitantes venían solicitando desde hace años.
La entrega de las nuevas vialidades estuvo encabezada por Luis Nava, secretario de Desarrollo Social del Estado. Su intervención no fue un acto aislado; formó parte de una estrategia que busca reforzar la infraestructura social en zonas donde la vida diaria aún depende de caminos complicados. Más de 3.9 millones de pesos se destinaron a este proyecto, una inversión que, traducida en el terreno, representa mejores trayectos, más seguridad y un respiro para las más de 350 personas que transitan estas calles cada día.
El presidente municipal de Huimilpan, Jairo Morales Martínez, recordó que esta obra respondía a una demanda persistente de la comunidad. Frente al campo de fútbol y la cancha de básquetbol —dos espacios donde la vida social del pueblo se entreteje— las calles deterioradas eran una contradicción visible. La urbanización, dijo, no solo cambia el paisaje: redefine la manera en que se habita.
Entre los vecinos, la obra se recibió con una mezcla de alivio y esperanza. Hablan de seguridad vial, de movilidad más fluida, de la tranquilidad de saber que los trayectos serán menos azarosos. Hablan también de dignidad, aunque no lo digan con esa palabra. En una comunidad, una calle nueva no es solo infraestructura: es un trazo que reordena las relaciones, facilita encuentros y permite que la vida suceda sin tantos obstáculos.
Así, en La Ceja, el pavimento recién colocado se convierte en símbolo de algo mayor: la posibilidad de que las obras públicas sí alcancen a las comunidades pequeñas, y que sus habitantes encuentren en ellas una mejora palpable en su día a día. Una obra sencilla, quizá, pero profundamente significativa.


