El zumbido que obliga a mirar de frente: vigilancia, prevención y la batalla cotidiana contra el dengue

En Querétaro, la Secretaría de Salud mantiene el pulso puesto sobre una enfermedad cuyo avance obliga a no bajar la guardia. El dengue, transmitido por un mosquito diminuto pero persistente, exige una vigilancia constante y una disciplina comunitaria que pocas veces se reconoce. La reciente actualización epidemiológica —95 casos confirmados hasta el 21 de noviembre de 2025— dibuja un mapa que recorre el estado desde Arroyo Seco hasta Tequisquiapan, con mayor intensidad en Querétaro capital y Peñamiller, donde también se registró una defunción.

La enfermedad se despliega en distintas formas: 67 casos no graves, 27 con signos de alarma y uno catalogado como dengue grave. Detrás de estas cifras hay casas, familias y rutinas interrumpidas. Y, a nivel nacional, más de 18 mil casos confirmados recuerdan que se trata de un fenómeno extendido, complejo y en movimiento.

La respuesta institucional, sin embargo, no ocurre solo en los hospitales. En 100 localidades, las brigadas de vectores han recorrido calles y patios, han levantado 65.45 toneladas de cacharros y colocado abate en decenas de miles de hogares y depósitos. El rociado intradomiciliario, la fumigación en más de 38 mil hectáreas, las ovitrampas que capturan huevecillos invisibles para muchos pero decisivos para entender el comportamiento del mosquito: todo responde a una estrategia que combina ciencia, trabajo de campo y una insistencia permanente.

Cuando surge un caso probable, comienza un protocolo silencioso. Epidemiología sigue el rastro. Las brigadas caminan casa por casa para identificar zonas de riesgo, explicar, persuadir. No se trata solo de verificar depósitos o limpiar recipientes: es un ejercicio de confianza entre quienes abren la puerta y quienes llegan con uniforme e identificación para cortar la cadena de transmisión.

El dengue, recuerda SESA, se manifiesta primero como un malestar que puede confundirse con otros: fiebre, dolor intenso de cabeza, náusea, debilidad, dolor muscular, dolor retroocular, sarpullido. Pero puede volverse severo: dolor abdominal, fatiga extrema, vómito persistente o con sangre, sangrado de encías o nariz. Las poblaciones más vulnerables —menores de un año, adultos mayores, embarazadas, personas con enfermedades no controladas— cargan con un riesgo mayor.

No existe tratamiento específico. Lo que sí existe es una estrategia: eliminar criaderos, usar ropa protectora y repelente, colocar mosquiteros, cerrar puertas por la noche, colaborar con la comunidad. En esencia, una lucha que empieza en cada patio y en cada recipiente donde el agua se detiene lo suficiente para convertirse en un pequeño mundo para el mosquito.

La vigilancia epidemiológica, dicen las autoridades, no se suspende. Y aunque la enfermedad parece avanzar en silencio, también lo hace la red de acciones que busca detenerla. En ese equilibrio —entre el zumbido que parece mínimo y el esfuerzo que resulta enorme— se juega una parte de la salud pública del estado.