En la Sierra Gorda, la lluvia no solo humedece la tierra: deja cicatrices en los caminos, derrumba laderas y corta la comunicación entre pueblos que viven al ritmo del monte. En ese escenario, el gobernador Mauricio Kuri González emprendió un recorrido por Peñamiller, Pinal de Amoles y Jalpan, acompañado de su gabinete y de cuerpos de auxilio.
El viaje fue más que una supervisión: fue un encuentro con la vulnerabilidad de las comunidades serranas. Entre caminos rotos y lodo, el gobernador escuchó historias de familias que perdieron cultivos, caminos y, en un caso doloroso, a un hijo. Su presencia buscó, más que promesas, reconocimiento: mirar de frente a quienes han soportado el golpe del agua.
En Jalpan, Kuri se enlazó en videoconferencia con la presidenta Claudia Sheinbaum y con otros mandatarios de la región. Expuso con franqueza los datos duros: 109 comunidades incomunicadas, 195 sin energía eléctrica, 2,500 productores afectados y una carretera —la federal 120— al borde del colapso. Habló de riesgo, de urgencia, de la necesidad de más máquinas para abrir paso entre la montaña herida.
“La carretera está muy peligrosa”, dijo, con el tono de quien sabe que un derrumbe más podría aislar por completo la zona. Mencionó también que la 69, aunque reabierta, sigue siendo incierta, y que cada metro transitado en la sierra implica un acto de fe.
Si el clima da tregua, un puente aéreo llevará víveres y enseres a las comunidades que aún esperan ayuda. La Comisión Federal de Electricidad trabaja a contrarreloj para devolver la luz, y cuadrillas de obra intentan domar los caminos.
En esa sierra, donde cada lluvia es una prueba, el recorrido del gobernador fue también una señal: la de que el Estado se adentra en el territorio no solo con maquinaria, sino con presencia. Porque en momentos así, escuchar puede ser la forma más humana de gobernar.


