• El Festival de Comunidades Extranjeras incorporó acciones de separación y aprovechamiento de residuos como parte de una estrategia ambiental.
Toda celebración deja rastros. Algunos son fotografías, conversaciones o aromas que permanecen unos días en la memoria. Otros son más tangibles: cajas vacías, botellas, restos de comida, cartón húmedo después de una jornada larga. En los grandes festivales, esa otra cara suele quedar fuera de escena.
En Querétaro, el Festival de Comunidades Extranjeras intentó mirar también hacia ahí.
El Municipio, a través de la Secretaría de Medio Ambiente, impulsó durante el evento una estrategia integral de sustentabilidad orientada a la separación y recuperación de residuos. Mientras miles de asistentes recorrían pabellones culturales y gastronómicos, un sistema paralelo organizaba aquello que normalmente termina olvidado al final de la fiesta.
La secretaria de Medio Ambiente, Lupita Espinosa de los Reyes, explicó que la recuperación de materiales reciclables fue posible gracias a la separación desde el origen, una práctica que permitió reducir el impacto ambiental del encuentro.
El esfuerzo se realizó en coordinación con la empresa mexicana Cíclica y con respaldo de la Secretaría de Servicios Públicos Municipales. El objetivo no era solamente recolectar basura, sino construir una dinámica distinta entre organizadores, expositores y asistentes: una corresponsabilidad sobre aquello que cada consumo deja detrás.
Los números aparecen entonces como una especie de inventario silencioso del festival. Más de 23 toneladas de residuos reciclables recuperados. Entre ellos, 7.5 toneladas de cartón, 4.5 toneladas de PET y lata, y 10.5 toneladas de vidrio.
También hubo 1.6 toneladas de residuos orgánicos separadas para procesos de composta. Material que, lejos de terminar enterrado como desecho, será transformado en abono natural.
En el lenguaje institucional, se habla de economía circular y de aprovechamiento de materiales. Pero detrás de esas expresiones existe algo más simple: la posibilidad de que un evento masivo no deje únicamente acumulación, sino también aprendizaje.
Porque quizá la verdadera prueba de una ciudad no está solo en organizar grandes encuentros, sino en hacerse responsable de lo que queda cuando la música termina y las carpas comienzan a desmontarse.


