abril 25, 2026

Tres siglos bajo el mismo perfil de piedra

• La ciudad reunió a más de 20 mil personas para conmemorar el inicio de la construcción del Acueducto de Querétaro con música, memoria y un espectáculo nocturno.

Hay monumentos que pertenecen a la historia y otros que terminan perteneciendo al hábito cotidiano. Los Arcos de Querétaro viven en ambos territorios: son postal, referencia geográfica, fondo de fotografía familiar y, al mismo tiempo, una silueta que recuerda de manera persistente que la ciudad también está hecha de permanencias.

Este fin de semana, esa línea de piedra cumplió 300 años desde el inicio de su construcción. Y la ciudad decidió celebrarla como se celebra aquello que no solo se admira, sino que se reconoce como propio.

Más de 20 mil personas se congregaron en la Calzada de Los Arcos y sus alrededores para asistir a la conmemoración encabezada por el presidente municipal, Felifer Macías. A lo largo de cinco escenarios, el espacio se llenó de música, tránsito peatonal, familias enteras y una diversidad de sonidos que fueron del folklor al rock, del danzón a las mezclas electrónicas.

El alcalde recorrió cada uno de estos puntos: Folklor y Tradiciones, DJ’s, Querétaro Tierra de Compositores y Cantantes, Del Rock al Danzón y el escenario principal. Pero más allá del protocolo, el acto tenía una dimensión inevitablemente simbólica: reunir a la ciudad frente a su monumento más reconocible para mirar, por unas horas, la continuidad entre pasado y presente.

Los Arcos comenzaron a levantarse en 1726 como una obra hidráulica esencial para la Nueva España. Impulsados por Juan Antonio de Urrutia y Arana, Marqués de la Villa del Villar del Águila, no solo resolvieron una necesidad de abastecimiento; terminaron moldeando una identidad urbana.

Tres siglos después, ya no transportan agua, pero siguen conduciendo otra cosa: una idea de pertenencia.

La noche cerró con un espectáculo de luces, sonido y drones. Figuras suspendidas en el aire dialogaron con la estructura inmóvil de cantera. Debajo, miles observaban con teléfonos en mano y con esa mezcla extraña entre asombro contemporáneo y reverencia histórica.

Quizá ahí radicó el sentido del festejo: recordar que hay obras que sobreviven no solo porque permanecen en pie, sino porque una ciudad insiste en mirarlas como parte de sí misma.

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